Muchas son
las boludeces que circulan y muchas las verdades que se omiten. Hechos que
pasan a un segundo plano por el portavoz que lo “comunica”.
¿Es
relevante quién dice qué sobre que? Sí. Muy. Pero… ¿Cuál es el límite de su
importancia? ¿Hasta qué punto tiene más sentido la boca que modula un sonido
amorfo, sobre un contenido tal vez pertinente? Tal vez interesante…
Y digo "tal vez" porque, citando a Galeano, nos encontramos en plena cultura del envase. No
importa el mensaje, importa que las ondas sonoras vengan del mismísimo pelotudo
que las dice.
Obviamente,
todos contamos con aquellos referentes a los cuales seguimos y queremos saber
qué tienen para decir sobre tal o cual tema de nuestro interés. Pero también tenemos
la responsabilidad de aplicar nuestro criterio para determinar en qué momento
el tipo o la tipa se excitó y es víctima de una diarrea verbal.
Es así
que muchas veces caemos rendidos ante el impactante y polémico parafraseo de algún
pelele que logró robar cinco minutos de aire. Mientras muchos y muchas Casandras[1] sufren el descarte de quienes
consumen estos contenidos y de los mismos que los producen.
Me referí
particularmente a los medios de pelo… pelo y medio, ya que me encuentro en el
preciso interludio que separa a la ingenua y optimista estudiante que hay en
mí, de aquel mercenario de la información, comúnmente llamado periodista medio[2],
del que espero diferenciarme a toda costa.
No importan
los hechos, importan los dichos. Los dichos que los podemos leer, grabar o
bajar por mp3 a cualquier computadora o dispositivo con internet. Los hechos
involucran otras características, más complejas o palpables que exigen mirar
por arriba de la pantalla. Claramente, se trata de apreciaciones más sacrificadas…
Sin embargo,
y ya más aggiornado a la cotidianeidad, qué forro el descarte por etiqueta. Ser
una voz marginada. Una voz que sólo los perros pueden entender, pero no
pueden hacer nada.
Qué cagada
pensar que hay gente que se pasa la vida buscando su identidad y otros que tienen
que salvaguardarse de ésta, o sino pagar un precio muy alto por ella.
Desgarrarse
las cuerdas contra oídos sordos, que dejan tus palabras en el hall, al lado del paragüero.
Mientras que otros, de más renombre o preferencia, ante el sólo amague de abrir
la boca llenan de inmediato un auditorio expectante.
Así estamos,
al pie del cañón, para fumarnos el mal aliento de la “voz autorizada” de turno,
sacada de algún “Catálogo de voceros” de dudosa sensatez.
Y saber, te hace responsable... Te hace parte ser parte de aquellos que excluyen del foco... ¿Lo importante? No sabemos, nadie nunca lo escuchó.
Sólo fue un eco ahogado entre el bullicio de lenguas largas, sin paladar por el sentido.
Flor
[1] Casandra
fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la
concesión del don de la profecía. Sin embargo, cuando accedió a los arcanos de
la adivinación, Casandra rechazó el amor del dios; éste, viéndose traicionado,
la maldijo escupiéndole en la boca: seguiría teniendo su don, pero nadie
creería jamás en sus pronósticos. Tiempo después, ante su anuncio repetido de
la inminente caída de Troya, ningún ciudadano dio crédito a sus vaticinios
[2] Hay muchas y claras excepciones a esta
definición.
