miércoles, 10 de septiembre de 2014

El quién sobre el qué

Muchas son las boludeces que circulan y muchas las verdades que se omiten. Hechos que pasan a un segundo plano por el portavoz que lo “comunica”.

¿Es relevante quién dice qué sobre que? Sí. Muy. Pero… ¿Cuál es el límite de su importancia? ¿Hasta qué punto tiene más sentido la boca que modula un sonido amorfo, sobre un contenido tal vez pertinente? Tal vez interesante…

Y digo "tal vez" porque, citando a Galeano, nos encontramos en plena cultura del envase. No importa el mensaje, importa que las ondas sonoras vengan del mismísimo pelotudo que las dice.

Obviamente, todos contamos con aquellos referentes a los cuales seguimos y queremos saber qué tienen para decir sobre tal o cual tema de nuestro interés. Pero también tenemos la responsabilidad de aplicar nuestro criterio para determinar en qué momento el tipo o la tipa se excitó y es víctima de una diarrea verbal.

Es así que muchas veces caemos rendidos ante el impactante y polémico parafraseo de algún pelele que logró robar cinco minutos de aire. Mientras muchos y muchas Casandras[1] sufren el descarte de quienes consumen estos contenidos y de los mismos que los producen.

Me referí particularmente a los medios de pelo… pelo y medio, ya que me encuentro en el preciso interludio que separa a la ingenua y optimista estudiante que hay en mí, de aquel mercenario de la información, comúnmente llamado periodista medio[2], del que espero diferenciarme a toda costa.

No importan los hechos, importan los dichos. Los dichos que los podemos leer, grabar o bajar por mp3 a cualquier computadora o dispositivo con internet. Los hechos involucran otras características, más complejas o palpables que exigen mirar por arriba de la pantalla. Claramente, se trata de apreciaciones más sacrificadas…

Sin embargo, y ya más aggiornado a la cotidianeidad, qué forro el descarte por etiqueta. Ser una voz marginada. Una voz que sólo los perros pueden entender, pero no pueden hacer nada.

Qué cagada pensar que hay gente que se pasa la vida buscando su identidad y otros que tienen que salvaguardarse de ésta, o sino pagar un precio muy alto por ella.

Desgarrarse las cuerdas contra oídos sordos, que dejan tus palabras en el hall, al lado del paragüero. Mientras que otros, de más renombre o preferencia, ante el sólo amague de abrir la boca llenan de inmediato un auditorio expectante.

Así estamos, al pie del cañón, para fumarnos el mal aliento de la “voz autorizada” de turno, sacada de algún “Catálogo de voceros” de dudosa sensatez.

Sabemos que se elige por nosotros, y no precisamente lo mejor, sino lo más redituable. Sabemos que por pautas de "relevancia" muchos quedan fuera, aunque tengan algo re copado para transmitir. 
Y saber, te hace responsable... Te hace parte ser parte de aquellos que excluyen del foco... ¿Lo importante? No sabemos, nadie nunca lo escuchó.

Sólo fue un eco ahogado entre el bullicio de lenguas largas, sin paladar por el sentido.





Flor




[1] Casandra fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, cuando accedió a los arcanos de la adivinación, Casandra rechazó el amor del dios; éste, viéndose traicionado, la maldijo escupiéndole en la boca: seguiría teniendo su don, pero nadie creería jamás en sus pronósticos. Tiempo después, ante su anuncio repetido de la inminente caída de Troya, ningún ciudadano dio crédito a sus vaticinios
[2]  Hay muchas y claras excepciones a esta definición.