- No señor. Pero puede admirar la fugacidad de los segundos desde su muñeca izquierda.
- Muchas gracias, pero me interesaba saber si usted era consciente de este momento...
- ¿Por qué tendría que ser tan consciente?
- Por su significado.
- Este momento carece de importancia para mí.
- Pues, la tendrá.
- ¿Qué sabe usted?
- Sé que usted me ha cautivado y que yo la cautivaré. Sé que mis ojos no se despegan de la figura más bella de mujer. Que mi piel se estremece ante cada suspiro que brota de su ser. Y que por el brillo de sus ojos, mis palabras no la tardan en convencer.
- Tiene un gran don con las palabras, debo admitir. Pero su "seguridad" es tan grande que opaca tan maravilloso arte que escapa de sus labios. Por otra parte ¿Cómo esta tan convencido de que soy señorita, que ando sola y en búsqueda de usted?
- Eso no lo sé, pero si es así lo cambiaré.
- Para mi desgracia no hay nada que cambiar.
- Me alegro entonces.
- ¿Tiene hora señor?
- Como usted bien ha señalado, sí, y en mi mano izquierda ¿Por qué?
- Observe bien, es la hora de que se marche. Su presencia no es más bienvenida aquí.
- Entonces movámonos allá, si "aquí" es el problema.
- Ni aquí, ni allá me dejará de estorbar ¡Váyase!
- No sin usted.
- ¿Por qué me iría con un desconocido?
- Porque este desconocido la acompañará hasta el fin de los tiempos, asegurándose de hacerla feliz día a día.
- ¿Qué dice?
- Digo que me de una oportunidad.
- ¿Cómo está tan seguro de cumplir con lo que ha dicho?
- ¿Y usted como está tan segura de que fallaré?
- Porque lo sé, porque siempre me decepcioné con tales promesas.
- Pues deme la posibilidad de decepcionarla al menos, con la posibilidad de cumplir mis palabras también.
- ... De acuerdo.
- ¿Podría felicitarla?
- Cómo no, pero... ¿Por qué?
- Por ser una de las pocas personas que no me ha mandado al demonio.
- Está bien, es meritorio.
- Felicitaciones.
- Muchas gracias.
- Ahora vamos, que se hace tarde.
- ¿Tarde para qué?
- Para empezar.
Flor