lunes, 9 de septiembre de 2013

¡Splash!








I.
Sin más preámbulos, solté esa soga de la que colgaba.
A la que me aferraba para no caer y con la que, al final, también me ahorcaba.
Hasta entonces, nunca había deseado tanto el vacío.
Qué momento: El impacto o la asfixia.














II.
Aunque, como dicen, "el peor cambio es arriesgar la paz".
Y por un tiempo me dediqué a sentir el rasguño de sus cerdas.
Viejas. Desgastadas. Ya sin sentido, era lo mismo eso que el vértigo.
Y convertida en un amargo cocktail de resignación, tristeza y frustración, me liberé.








III.
Comencé a caer...
El viento en la cara secaba las dos o tres lágrimas que el cuerpo y la conciencia le dedicó.
Seguí cayendo...
Traté de pensar en otra cosa antes del golpe final.

Caía... 

Cerré los ojos.
Y extrañamente, seguía cayendo...
"Esperá."

Abrí los ojos, y me encontré con que no hubo golpe, ni hubo final.





IV.
Allí caí en cuenta: no era la soga la que me sostenía, sino al revés.
Era yo quien me estrangulaba con ella.
Yo la amarré a mi sin necesidad.
Si para ser feliz no necesito cuerdas...

Y ese fue el verdadero porrazo.


Flor

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